Cinco pasos para no atrapar una liebre blanca
por María Belen Alesso

“The only way to get rid of a temptation is to yield to it. Resist it, and your soul grows sick with longing for the things it has forbidden to itself, with desire for what its monstrous laws have made monstrous and unlawful.”
Oscar Wilde.

1

No puedo desear, por tanto me incomodo. ¿No puedo desear? Deseo desear, siendo un sujeto tan deseante. Avanzar como imposibilidad. Anestesia.


No me puedo entregar tragar pero tampoco alumbrar a los monstruos y montarlos camino al castillo. Una levedad pesada, húmeda amalgamada. Me desangro y en esa pérdida, me estanco; me hundo más mientras, se me escurre el deseo.


No.


Melodía, melodía, eco. Eco.


Encontrar lo desagradable. Agarrar, revolcar, oler el deseo, llegar, avanzar.


¿Acaso es el deseo el retorno a lo que no se volverá jamás? Los fantasmas de lo conquistado. El acoso de lo alguna vez alcanzado e imposible de volver a tocar. El embriagador recuerdo de lo que una vez uno creyó saborear.


Engaño persecución bruma confusión.


¿Es todo recuerdo de un pasado mejor no vivido como tal, un vago sueño adormecedor con una dulce melodía, que nunca existió? ¿Importa si verdaderamente pasó? Jugando a ciegas en el jardín de las delicias, saltando ríos metafísicos, tarareando una canción de la infancia. Agarrarle la cola al deseo, como Alicia al conejo.


2

Destrozándote te como. Te como te absorbo te trago y te apropio. Pero no te hago porque estabas de antes. De antes del cielo y la tierra, y de antes de los ríos y las piedritas. Sólo las piedritas.


Todo lo que uno recuerda, lo que pertenece a lo más profundo de nuestro ser, enterrado; memorias, caricias, convicciones, mal llamados sentimientos, vagos, ¿a dónde van por las noches detrás de nuestros párpados?


Si sólo está inscripto en la humedad del pluscuamperfecto y nada más, nothing at all, ¿cómo sabemos si realmente sucedió?


Me arrastra la corriente y todos los espasmos y todos los besos. Los límites de lo tangible son arenas movedizas proyectadas, tan ciertas como un pelo guardado en un libro olvidado. El occidente y su manía histórica de poner límites.


Todo ese cúmulo de experiencias y de momentos, de lo no dicho y no olvidado, ¿nos pertenece o nosotros le pertenecemos en secreto? Pero si sólo a uno le pertenece y sólo uno lo sabe, ¿cómo sabemos que ahí allí aquí está?


Como la liebre asustada, corría y corría sin cesar, hasta el bosque volverse una gran mancha de velocidad; nebulosa. Corría corría, la liebre sin poder tocar lo que perseguía, sin muy segura estar de lo que era y con miedo de recordar de lo que escapaba. Pero corriendo corriendo, pensó, se iba a acordar. Todo ese ejercicio laberinto mental para encubrir el hecho de que sabía qué era lo que perseguía y de lo que escapaba, su núcleo; y sabía dónde estaba y no le gustaba y no le gustaba saberlo, ni siquiera a nivel celular, y por eso seguía buscando buscando, porque sabía que nunca iba a encontrar, y así más se hundía dentro de sus propios ríos y más se ahogaba y rueda que rueda la rueda del ferrocarril.


Todo está ahí, pero no. Casi, es todo aunque no parece, pero lo es. La realidad. Entrañas, vueltas, calor con frío y cortinas. No se entiende, pero nunca fue tan claro. Eso es el deseo.


Claro no, diáfano. Pero tibio, ámbar. Naranja, un poco de rojos y tierra; luz y de repente oscuridad. Pero no tanta, no, no se ve, pero se distingue; por poco pero está. Retorcido y quieto, distante, esperando. Observando. Porque sabe. Sabe.


Un poco torcido, pero está todo. Luz pero con mucha sombra, y penumbra confusa que se distingue. Cortina de humo. Sí, está todo. Latidos acelerados, moribundos en la noche. Calma y ese no sé qué que hipnotiza. Será el ámbar que huele un poco a anís.


Es muy claro, todo se distorsiona, como siempre que es de noche y no se puede dormir, pero es así como es y todo parece más solemne y más diagonal.


En realidad es así, siempre. Solo que los otros no lo ven, con el día y la razón. Pero no importa, porque es así, porque está. Luz y penumbra, pero tampoco tanto se ve tampoco tanto no se ve pero tampoco mucho se entiende pero es.


3

Cuerpo incomodo que ahoga y aplasta. Me achica y me agranda. ¿El cuerpo forja al ser o el ser al cuerpo? Manifestación incomunicación del espíritu, alimento único principal del yo no tangible; recompensa perdición placer. Líneas y planos recurrentes, siempre equivocados. Equivocados como yo siempre. El plasto mojado siempre y la niebla, los errores erguidos y latentes.


Me enroscan las manchas y los ruidos.


Yo no soy más yo.

Vos no sos más vos.

Todo cambió.

No al menos aquella yo,

no esa vos.

Recuerdos momentos

personas

instantes,

dejaron un perfume

hilo conductor.

Pasado presente futuro

aquí allí.

4

Desear. ¿Para qué sirve todo esto? Sin sentir sin pensar, sólo mirando un lugar perdido no específico.


No hay tiempo ni hambre, ni sueño ni espacio. Olas de tiempo, respiro. Hay que cambiar las formas de lugar. El silencio convertido en zumbido no cambia. Nada cambia. Cambia la cambia del cambiador.


Las risas sonrisas mutan de sonoridad, de forma, de percusión, pero aunque las sombras se expandan contraigan ante la indecencia de la luz con sus múltiples haces de luz previamente contados, los monstruos en la oscuridad siguen siendo los mismos, agazapados, tan sólo pasando el tiempo hasta que vuelvas al camino oscuro, buscando el centro. Siempre se vuelve corriendo, persiguiendo al conejo blanco, la rítmica rutina del sin razón de vivir buscando algo que constantemente se vuelve de lugar, con la única constante que te acompaña que son los demonios internos con los que convivís y no logras exorcizar, tal vez ahogar tal vez salvar, y sin los cuales sabes la honda verdad. De cómo el todo no suma las partes y uno deja de ser ante la subdivisión.


De ser posible fraccionar la centralidad tal y cual la conocemos, experimentamos, y abrir una brecha en el espacio tiempo, podríamos tomar dos caminos diferentes, uno siendo uno y eligiendo y siendo, mientras uno es y elige otra senda y son consecuentes vías hacia otra centralidad, conviviendo así ambos seres en realidades paralelas que sólo se tocan en la persona de la cual se desprendieron. Y uno no sería más que la ornamenta que decora dos centralidades diferentes, y no existiendo en la totalidad la suma de las partes se encuentra incompleta. Y uno ya no es.


Si los recuerdos parecen un sueño, pero tan vívido como encontrar formas en la pintura descascarada del techo y que éstas te encuentren a vos, y la vida tan incierta como un sueño, ¿dónde termina la nebulosa? ¿alguna vez se acaba? De manera espiralada y orgánicamente retorcida, cuanto más profundo se encontraba la nebulosa incierta –largo camino de humo y de sombras-, más claro se veía las cosas; certero, realidad oscura. Quizá lo único que se sabe con certeza es que se está vivo por hoy, inserto en esa espiral dentro de muchas otras espirales y muchos otros contextos, y que el gatito ese de hule estaba recostado en la biblioteca y que en el techo bailaban una bailarina y un gran ciervo esa primer noche y todo era rojo.


Era como esa canción, simplemente tan hermosa y tan triste. Se siente eso, como esa la canción, y todo era tan así. Y la pandereta de fondo, doliendo, tan suave. Todas esas cosas y también otras más. Oscilando entre la tercera y cuarta dimensión.


Somos recuerdos subjetividad y errar. Somos nuestra propia verdad.


5

El dolor, el arte y el amor como aquellas únicas sensaciones vivencias experiencias capaces de lograr el mayor grado de egoísmo posible, entendiendo este fenómeno como el atravesar cada uno de estos estadios con la certeza de que sólo nosotros –sólo yo- y nadie nadie más logramos comprender la verdadera esencia de lo que está sucediendo, sólo yo y nadie más; y quién diga lo contrario miente, y si no miente es sólo porque no conoce la verdadera naturaleza de dicho sentimiento.


Entonces, es en el dolor, en el arte y en el amor donde nos podemos sentir, y con certeza, únicos.


Qué paradoja que estos ¿sucesos?, hechos, fenómenos no menos experiencias, ambas tres sean todas en relación a un otro. Esa sombra que nos lee y mira; ese quién nos hace sentir y doler y absorber; esa ausencia que quema. Un otro, lo otro, que atraviesa y endurece solidifica esa lava que sentimos, que nos convierte en estos raros emisores únicos de subjetividad.


Subdivisión, propiedades reflectarias, ¿y qué acerca de volver atrás? Deambular por los caminos recorridos, aunque sea por un ratito. Ahí allí a ese instante ínfimo infinito impactante. Y más palabras con i. Porque se vuelve, siempre se vuelve.


A ese ritmo geométrico de aquella respiración, al calor de ese abrazo fusión donde no hubo más fronteras y fue todo espacio, a ese gesto torcido de sonrisa que es puro ojos. A todo eso o a nada concreto, pero siempre se vuelve. ¿Hace falta volver atrás para volver a estar en ese atrás? O acaso hoy siempre se vuelve atrás, un poquito a veces mucho. Sin tótems ni viajes, solo estando; el pasado resuena en el presente, abriendo paralelas dimensiones que no entienden de razón, que suenan como las gotas de lluvia en mi cabeza.


Pero mejor no, no. No volvamos atrás. Ni en eras ni en ecos, ni en símbolos ni fantasmas. Volver atrás atraviesa demasiado, llega a dónde está siempre oscuro y no sabemos cómo regresar, a donde ya está y no hay no pasó nada. Volver atrás es la prueba verdadera de que eso está atrás, no está acá, no más. Es reconocer la distancia lejanía, es soltar volver atrás. Y tal vez sólo no volviendo podemos decirnos que nunca se fue.


Subdivisión, reflejos, proyecciones. Espejos y ojos y objetos.


Eco.


La ausencia no es más que ecos.


Un viaje más liviano no tiene sentido si no se quiere viajar. Tal vez es siempre perseguir el conejo. Tal vez perseguir sólo es propósito digno si nunca se propone alcanzar, llegar a. Digno de ser propósito, ser centro; no dignos nosotros, meros hilos y sombras. El sentido del núcleo es dibujarlo sentirlo adivinarlo pero nunca llegar a él. Lo que se alcanza se diluye esfuma y corre, corre de lugar de espacio de dueño. Y es entonces que se descubre (des-cubre) que ese nunca fue el verdadero núcleo, y el laberinto sigue en el mismo lugar sólo que hurgamos entre los arbustos equivocados, antiguos pasatiempos.



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