Todos somos A o B
por Barbara Hassen


Apenas entro comienzo a sentir el calor del café invernal. Me vuelco en una mesa con los brazos abarrotados de palabras que quiero entender. No sabía qué pedir, no soy muy del café, pero concreté con el compañero amarronado. Cortar la amargura con un muffin de zanahoria fue la mejor decisión que tomé en toda la semana.


Una quebradura helada en el vidrio llama mi atención, me siento en esa mesa como si ella me hubiese escogido a mí. La vista panorámica de Arenales y Las Heras se funde en las ramas como pináculos que se proyectan al cielo gris casi queriendo escapar.


Me gusta pensar que caí por orden del viento que me arrimó, pero la verdad es que tenía que hacer tiempo (aunque suene menos romántico).Tiempo para qué, ya ni me acuerdo, porque al segundo que empiezo con el animalado Sartre me empieza a ensordecer un ruido exterior. Un chapoteo, una marcha, no sé, pero provenía de afuera.


Mis ojos se empiezan a desorbitar buscando la causa del ruido pero algo más embriagador aparece. En ese recorrido espacial, en el cual las orbitas giran buscando un objetivo, tropiezo con otras orbitas que buscan sus propios objetivos, o los míos, o no sé.


El comienzo se produce tan velozmente que no quedan pensamientos que amortiguen los choques. Quizás el término choque no sea el más correcto, quizás “las conexiones.”


Qué sucede en la vida de un transeúnte que lleva su mirada oculta a través del velo de la rutina. Las acciones empiezan a desconcertarse del cuerpo cuando otra mampara deja ver su alma de 3 segundos.


Me sumergí en estas cuestiones de probabilidades. Cuál es la probabilidad de que ese transeúnte este vivificando realmente su accionar. Qué probabilidades hay de que voltee y abra su manto para captar el chispazo de otros ojos que solo miran.


Existen diferencias conceptuales entre mirar y observar, sin embargo esto se confunde y amalgama constantemente como si ambas proviniesen del solo hecho de posar los ojos sobre un objeto o un alguien.


Me propuse observar qué pasaba al mirar.


Los ojos hablan más claro que la boca. Una mirada de furia, de amor, de tristeza no necesita un abstract para ser comprendida.


Hay miradas prudentes, concisas, sensatas, moldeadas y correspondidas. Pero qué sucede cuando son todo lo contrario. Una mirada imprudente, “obligada”, desmesurada que rompe el pavimento y explota en pedazos que van hacia otras miradas.


No podemos evadir las consecuencias de nuestro accionar, consecuencias o secuencias de otras acciones. Ya lo demostró un testarudo melenudo de la física:


Todo cuerpo A que ejerce una fuerza sobre un cuerpo B experimenta una fuerza de igual intensidad en la misma dirección pero en sentido opuesto.


Si A es la mirada de Bárbara y B es la mirada X entonces A produce una acción en B, proporciona una energía C. B toma la energía de A y la devuelve con la misma intensidad generando una reacción.


Qué pasaría si este hecho se reproduce 1000 veces más con B, C, D y E. la acción se diseminaría por todo el espacio causando un sinfín de reacciones que a la vez producen otras acciones y así sucesivamente.


Cabe mencionar que cuando A, B, C, D y E son humanos, no solo hablamos de física, sino de relaciones sociales y aquí el punto se hace más complejo.


Una mirada no solo será el anzuelo de un hecho sino su plomada cargando las pretensiones e intenciones del portador que se dirige como una línea que acaban de impulsar con un riel hacia un rio de gente.


Un instante en este principio me dio el germen necesario para el crecimiento inconmensurable de esta experiencia.


Cuán intangible puede ser la flecha arrojada de un ojo a otro. El peso o cuerpo se lo proporciona la intención. En mi caso fue distinto. Quise erradicar toda intencionalidad del suceso y objetivar la acción humana. Un péndulo de metal que cuelga de un hilo en nuestro pensamiento y se deja impulsar por un viento desprovisto de pretensiones volviendo con la fuerza de un yaguar.


Así sucedió, la típica cara de nada está mirando. Las caras pasan y el objetivo va cambiando. Un joven con su novia de la mano (estimo que era su novia por la forma en la cual le tomaba la mano), una mujer con bolsas de supermercado y un aspecto de fatiga, el hombre empresario vestido de negro con un triángulo blanco en su pecho, la niña del brazo de su madre corriendo antes que corte el semáforo, una joven con una bufanda que dejaba entrever la intensidad del viento, y otros.


Pretendo ahondar en los hechos experimentados más relevantes.


Caso 1: El joven con la novia.


A se posa en B. el joven impávido ante la amenaza. Su novia parecía estar en una situación tan incómoda en la que solo queda reír.


Caminando por un sinfín de vanidades absurdas ese binomio comenzaba a tambalear. No hay necesidad de poseer (en el mal sentido de la palabra) la afectividad del otro. Se vuelve una intrusión donde el molde de novio/a deja entrever el empobrecimiento del alma. Un alma que no arde, que no se queda seca de respiración jadeante frente a un amor, no está cultivada.


En esa sensación de incompletud es donde se hace partícipe de un binomio, y no es más que eso, un binomio. Pareciera que esa mirada vino a entrar justo en la grieta de ese bloque algebráico.


Y ahí me quedé, percibiendo.


-¿De dónde salió esa mina?


- ¡Qué se yo! No la conozco (se afloja la bufanda)


- ¿Y entonces por qué carajo te mira?


- No sé... Soy lindo.”


Ella no sabe si reír o seguir atacando. Prefiere quedarse pensando.


Caso 2: Mujer con bolsas de supermercado y aspecto de fatiga.


Si la miran detenidamente creo que podrían notar que arrastra una fatiga de origen.


No es un cansancio del día, ni tampoco fatiga muscular por el peso de las bolsas. Uno compra cosas que cree necesitar y, cuando se da cuenta, carga bolsas de más de 15 kilos en cada mano. Y, en cambio, si cargáramos una pesa de 15 kgs. en cada mano, nos sentiríamos agotados, es más, creeríamos que no sería posible llevarlas hasta nuestro hogar. Con esto quiero ir al peso tácito que además se cargan en esos paquetes todos los días de almacén.


Bueno, esta señora aparentaba cargar pesos desde su primer año de vida y yo pude notarlo en la pesadez de su mirada. Ojos rasgados que se ovalan por debajo para dar lugar a las famosas “bolsas”.


Arroz, leche, harina, polenta, salchichas, yerba, té de manzanilla, agua mineral, lentejas, huevos, carne para milanesas, tomates, un milka (un mimo para el viejito), maquinita de afeitar (para el viejo), desodorante axe azul (para el viejo) ¿o es el que tiene los simbolitos rojos? ¡Ese no le gusta! Ay, Dios mío, por suerte lo pedí bien, a Alberto no le gusta el otro, dice que lo irrita.


¿Y a mí qué me irrita? Yo no sé por qué me manda a mí, si después nada le gusta. Siempre le digo que sí y nunca me agradece nada. La polentita, el arrocito pasado, el chocolatito... Bueno ese se lo agregué yo… Y, qué se yo, hace tanto tiempo que no nos damos un gustito, por lo menos un chocolatito esta noche. Aunque a mí me da acidez, así que el gustito es para él.


Ay pobrecita, esa chica ahí sola.


Más claro que el agua. No había nada para agregar. Le di una pausa cuando A se posó en B y la energía C se convirtió esta vez en compasión.


¿Qué pasará cuando B se pose en C? Quizás rompa en llanto, o lo abrace, o tire las bolsas al diablo y se vaya, o quizás solo le dé su milka y todo siga igual.


Caso 3: El empresario vestido de negro con un triángulo blanco en el pecho.


El hombre de negro cruza por la senda como un corcel de pecho blanco corriendo entre las cebras. Un paso fuerte y decidido, como si no le molestara la idea de pisar parte blanca y parte de cemento (dicen que eso de querer pisar siempre sobre el mismo lugar y repetirlo sin errar es una conducta obsesiva).


Nada puede derribarlo. Hasta que A se posa en B.


No puedo creer, ¿es ella? No no no, no puede ser. La última vez me dijo que se había mudado a Praga. ¿Qué va a hacer acá si nosotros terminamos? ¿Se habrá arrepentido de todo y volvió?


¡Es su pelo! Ahora que miro bien, no sé. No es de usar gorros. Cómo cambia la gente cuando viaja, es increíble. Pero debe ser, me está mirando.


Me tiemblan las manos. Aún recuerdo su olor a palo santo y vainilla.


Perfecto, hay una sola forma de ver si es ella realmente. Entro y listo. Si es ella se va a abalanzar sobre mí (para besarme o putearme)


Bueno ahí vamos.


Caminaba de un lado para otro. Iba y venía. No dejaba de mirarme más que para mirar sus manos. Se estremecía, como si tuviese un gran malestar estomacal, no sé.


A sigue posado en B, lo peculiar es la energía que se desparrama en ese instante.


Da vueltas y encara hacia la puerta. Ahí, debo admitir, me puse nerviosa.


Entra. Camina recto hacia mi mesa. B parecía querer arrancar algo de A.


Yo inmutable (o eso quería aparentar).


Él perplejo, desesperado y desafiante.


- ¿Ana? (Voz quebrada)


- ¿Disculpe?


No, discúlpeme Ud.


Giró en su eje y salió acelerado por la puerta, casi arrojándose nuevamente al rio de los transeúntes.


Me gusta pensar que el amor es la fuerza vital más valiente, el problema es cuando cae en manos de un hombre con frac negro.


La acción surge efectuándose, es decir, cuando la pensamos ya estamos en ella y la estamos ejecutando. Esto es la mirada, un ardor que mueve las retinas y luego llega la razón, pero no podemos perder de vista que antes de la razón comienza un ardor en otros ojos y así sucesivamente. Mientras uno lo piensa, el otro lo siente o lo reprime o lo expulsa pero ya está metido en el hecho en sí.


Rodeados de A, B, C, D y E. Si registramos esto quizás caigamos en la obnubilación de las emociones o en el pánico total de sentirnos perseguidos. La realidad es que A se posa en B a cada segundo en la villa 1-11-14, en Tandil, en Amsterdam, en Praga, en el rincón de un hogar, en la calle Iribas de Ramallo, en Las Heras y Arenales, en la comisura de una ochava, en ese café, en una mesita donde se sienta otro transeúnte que lo único que quiere es dejar de serlo por un momento y observar, solo mirar. Solo ser A ó B.


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