La fragmentación de la identidad y su construcción desde los espacios públicos
por Belen Rossi


Todo ha partido de la fragmentación, pero algo corre por la venas, sostenemos una, la bandera. Soy sangre y herencia, la periferia que se apropia de las calles, soy carnaval y color, cuerpo y escena de cambio.


Somos eso, sentimiento mayor, nos aúna, es sensación, esperanza y deseo, la necesidad, pasar de lo finito a la infinitud de las masas conglomeradas y universalizadas. Masas que cantan, se abrazan, sonríen y lloran.


Soy-somos-es el pueblo que camina y respira su lucha, “yo canto porque se escucha” es rito, Dionisio, libertad cultural, cultura Argentina, somos el camino y estamos de pie.


“Es clásico en toda revolución que los sectores medios que la acompañan inicialmente luego desertan cuando ven el riesgo de que el cambio no sólo sea de cúpulas, sino que se profundice y afecte un statu quo que, aunque avaramente, los favorece. Además es universal su temor de “confundirse con los sectores bajos de la sociedad, con la chusma.”1


Ofuscación de los pacatos, usan nuestros negritos de mierda para enrejar plazas y están al servicio de la propia política que los eyecta y fragmenta. Pacman que devoran nuestros árboles, roen y enferman pulmones disgregando a la prole. Se apoderan de nuestra cultura. La enrejan y nos prohíben el acceso a ella, censura expresiva de la memoria colectiva. Somos y soy lo que dejaron, somos y soy toda la sobra de lo que se robaron2.


Es la organización espacial de las desigualdades, fractura de clases sociales y culturales, levantan muros, reales y mentales, inquebrantables muros que desechan la posibilidad de vernos, pensarnos e imaginarnos, una concepción clasista e individualista del mundo; es vaciamiento, abandono y deterioro de los espacios públicos, segregación y el encasillamiento espacial de clases sociales.


“Tú no puedes comprar al viento. Tú no puedes comprar al sol. Tú no puedes comprar la lluvia. Tú no puedes comprar el calor. Tú no puedes comprar las nubes. Tú no puedes comprar los colores. Tú no puedes comprar mi alegría. Tú no puedes comprar mis dolores.”3


Y todo es publicidad, amarillo, ¡Nos han invadido!, H, H, H, desparecen los espacios públicos pero, sin embargo nos dicen que estamos ahí, están haciendo Buenos Aires.


Es consumo, es “cultura”, y ésta, sinónimo de mercancía, H, H, H. Nuestra expresión no es comerciable, es pura y atrevida, desechamos toda manipulación de estos agentes de corrupción, porque somos producto cultural, producto de cultura; somos producto social, productora de sociedad, somos paradigma y objeto, multimedia de mensajes y sentidos, de ruidos y silencios, de imágenes y palabras. Vamos caminando porque aquí se respira lucha.


Más ¡Son ellos!, los medios de comunicación, asocian nuestras plazas a la delincuencia, disturbios, empaste, mas esta violencia de la que nos hablan, la construye y activan a partir de la exclusión ¡cuidado zona de peligro!, DANGER- DANGER- DANGER, es pornografía de la información y la comunicación, es estigmatización. Nosotros los civilizados aceptamos todo lo que nuestros diarios resuelven que debe ser aceptado, todo lo que esta atractivamente envasado4. Son fotografías del sometimiento prolongando la condena, la base de un consumismo que aumenta sus ventas en un país que privilegia lo importado.


Y ¿qué se puede esperar de una sociedad donde consumir es más valorado que compartir? esta delincuencia aparece estimulada por el consumismo, es la impunidad de los medios de comunicación que la propagan y legitiman. Quienes nos incluyen y excluyen, igualan y dividen, dando “seguridad” bajo nuestra opresión.


La violencia es la forma verbalizada que ha tomado la fragmentación social. Es la categorización a dedo entre consumidores o marginados, en el traspaso de la sociedad política a la sociedad de espectadores.


No hay una violencia porque sí. No hay violencia demencial, violencia sin sentido. Toda violencia tiene detrás un proyecto. Un proyecto de poder.5


De Esta crisis institucional emerge un nuevo tipo de tejido social y entonces, se asustan, este canto es un acto, es denuncia, somos la acción política bajo una sonrisa, la realidad expresada, somos un arma activada para la liberación, la exaltación y el canto, vehículo de nuestra lucha.


¡Eliminemos el espectáculo y el teatro! Es obscenidad. Ya no hay ilusión y escenas montadas, todo quedo sometido a la cruda verdad, todo es información y comunicación. Ya no estamos en el drama de la alienación sino en el éxtasis de la comunicación. Y este éxtasis sí es obsceno. Obsceno es lo que acaba con toda mirada, con toda imagen, con toda representación6


Esta es nuestra forma de hacer arte, motivados por una causa superior y esa causa es la nación y su construcción. Es lo latente que ha sobrevivido a cánones importados, influencias extranjeras que pretenden articular nuestra cultura generando un coloniaje cultural y artístico que desprecia lo nacional y por lo tanto lo popular.


Este empaste ya no nos asusta, la mezcla deja de ser marrón: es brillo y saturación, porque es nuestro pasado y presente forjando futuros.


Son plataformas y bases para la creación de una identidad personal, espacios colectivos, es nuestra historia. Ya no es obscenidad de lo oculto, reprimido, oscuro, sino la de lo visible… lo que ya no tiene secreto7.


Y es la administración pública quien ha decapitado el ámbito popular, son topadoras que cortan cabezas, zas, zas, zas. Las plazas solo sirvieron por décadas como espacios de reclamo prohibiéndonos soñar. Pero este, debe ser el espacio de la democracia y la fiesta, espacio con juratorio. Tan mío, tuyo, nuestro. Es delirio. Hay necesidad y la tenemos, crear un lenguaje útil, una lengua viva y no un código para las elites.


Somos armas que cobramos sentido en la acción.


Es apropiación, identidad fragmentada de los espacios públicos que retorna a lo mas intimo de nuestro ser. Todo está en que marchemos hacia dentro, hacia la conquista de nuestra imagen, propia y única8. Somos artistas y creamos nuevas realidades, las del arte; es supervivencia sobre el engaño, es pillar por las espaldas a los enmascaradores del secreto de la verdad.


Es nuestra identidad, una experiencia totalizadora del ser que se concreta bajo significados reales, son todas las funciones subsumidas en una única dimensión, la de la comunicación: es el éxtasis. Todos los acontecimientos, los espacios y las memorias subsumidos en la única dimensión de la información: es la obscenidad… Si la escena nos seducía, lo obsceno nos fascina9. ¡Somos artistas! Creadores, arquitectos de la construcción de la realidad; es praxis, praxis social en la que prima el surgimiento de la conciencia, un sistema simbólico de identificación territorial y personal; es el reconocimiento de nuestro entorno y este solo existe si se perpetúa el protagonismo popular y la organización del pueblo en la construcción de una-nuestra realidad alternativa.


Notas



Bibliografía


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